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He aquí una regla, presumiblemente rutiliana, conveniente para ganar con el número simpático para cualquier mes. La reproduzco fielmente como ha sido transmitida por el astrónomo, físico y cabalista veneciano Pietro Casamia: Para realizar esta operación, es decir para obtener el verdadero número simpático mensual, conviene en primer lugar saber cuantos días tenga la luna en aquellos primeros días del mes por cuál se querrá obrar. |
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79
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12 |
86 |
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3 |
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8 |
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4 |
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8 |
1 |
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2 |
9 |
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| En este determinado ejemplo que damos, nosotros obraremos para tener el número simpático por el mes de junio de 1784, y veremos en el curso lunar de mi vuelta astrológica, que entre los cómputos de cálculo, creo el más probable nosotros veremos, ocurrir días trece de luna en el primer día de junio, eso certificado, nosotros recurriremos a las tablas algebraicas, de dos lumbreras, es decir el sol y la luna; tomando en primero aquel del sol, nos llevaremos al 13° grado, donde es calculada por grados 30, que significan los grados mensuales, y por lo tanto a este 13° grado, indicante los días del curso lunar, nosotros les encontraremos de comparación los tres números 79,12 y 86, y con estos tres números nosotros formaremos una pirámide, con echar fuera a lo usual en arte cabalístico fuera 9, como sigue: |
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(Explicación: El primer número,79, se produce 7+9=16 que equivale a 1+6=7. La segunda cifra del 79, el 9, se suma con la primer cifra del segundo número, el 12, y así haciendo 9+1=10 que equivale a 1+0=1. Así sucesivamente...).
Reglas como estas sólo constituyen una pequeña parte de la infinita serie que las multitudes de cabalistas maquinaron en el curso de los siglos. Sistemas siempre más complicados, que el pueblo fatigaba a entender, prefiriendo el arte más inmediato de los “asistidos”, que no obligaban a saber de matemáticas o de astrología. Así, en la sucesión de los siglos. En el 800 vieron el ocaso de los últimos cabalistas, trepados a una ciencia cerrada en si misma e imposible de divulgar. A los primeros del siglo corriente a Nápoles, los últimos cabalistas se consumieron los ojos, el ingenio sentados en las mesas de un café, entre el amparo de los “asistidos”, a los que bastaba una siesta para recibir un poco de números buenos. |

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